Metrónomo

Jue, 01/24/2013 - 02:18 -- andresvs

por Antonio Jurado - @Antojurado

 

Adagio 1/100

«Es de vital importancia comenzar esta bitácora aceptando el hecho de que mi vecino, el señor 201 está muerto. Yo soy la señorita 202 y no tengo que dar mayor explicaciones sobre mi vida. Mientras menos escriba sobre quién soy más factible será manejar este diario. La persona destinada a leer esto es y será la encargada de verificar el paradero del señor 201. Un hombre considerablemente alto, tez blanca y ojos saltones. Su cabello es siempre corto y posee una rasurada impecable. Lo observo por la mirilla, sale todas la mañanas con el mismo caminar pausado que lo caracteriza. El señor 201 ha de tener aproximadamente cuarenta y cinco años y ha residido en el departamento que esta frente al mío por más de cinco.»

Sonaba a metal rasgado, esa chillona resonancia que es similar a un cuchillo rozando sutilmente a otro; siempre es acompañado con un dolor en los dientes (no específicamente en ellos pero sí en los nervios). La señorita 202 había recibido el chillido a las cuatro de la mañana, ni un minuto más, ni uno menos. Sus manos subieron rápidamente hacia sus oídos para evitar el paso circunstancial de su dolor, pero fue demasiado tarde, sus dientes ya temblaban como hojas esparcidas por el viento. Dio un paso hacia atrás mientras emitía un gemido, soltó una lágrima y se levantó firme para no parecer débil. Nadie la estaba mirando, solo ella se miraba; había desarrollado una visión en tercera persona que la permitía observarse como si una cámara la siguiera todo el tiempo. Veía a través de sus ojos y también de los ojos que la observaban a ella.

Un silencio acompañó al sonido mientras moría lentamente. El chillido había fallecido pero el espacio que ocupaba este en la cabeza de la señorita 202 había sido ocupado con una intensa pregunta:

-¿De dónde vino?-

-Parece venir de la casa del vecino- Dijo ella.

Caminó muy lentamente hacia la puerta café que refugiaba su hogar, se inclinó y observó por el ojo mágico: Estaba la puerta rojiza que protegía al vecino. En la parte superior media un número grabado en la madera 2-0-1 y en el piso un tapete insinuando que la visitas eran bienvenidas.

El señor 201 no tenía visitas, la señorita 202 lo sabía muy bien, cada vez que escuchaba el sonido de zapatos contra el suelo, ella empezaba a aplaudir siguiendo el compás de los pasos al caminar, como un metrónomo.

«clap»

La relación que mantenían los vecinos era plenamente musical, no había necesidad de saludos y tarjetas hipócritas en los días festivos.

«clap»

Ella aplaudía con fuerza hasta que el vecino llegase a la puerta de su departamento. No se puede definir quien ayudaba a quien, no hay forma de saber si el señor 201 caminaba de acuerdo a los aplausos de su vecina o viceversa.

«clap»

El señor 201 había llegado a su departamento, se viraba a ver la puerta de su vecina, sabiendo sin saber que ella estaba observándolo. Se detenía un instante y miraba sus llaves durante cinco segundos, luego como es común la introducía en la perilla y entraba a su hogar.

«clap»

La señorita 202 no podría hacer esta rutina sensible espiritual con su vecino si alguien más lo acompañará, los pasos de dos personas confundirían a su estrechada mente, sería imposible seguir el compás. Por eso sabía con tanta certeza que el vecino no recibía visitas.

Se había quedado hipnotizada mientras recorría con sus ojos el número de al frente. 2-0-1. No sabía nada de él, lo único que compartían en ese momento era el sonido despreciable que salió del departamento y que entró en los oídos de ella.

«El vecino lleva tres días sin salir de su casa, seguramente está muerto. ¿Quién podría pasar tanto tiempo dentro de una caja?. Tendrá que salir cuando se le acabe la comida o tal vez el aire. ¿Podría morir asfixiado? Me pongo tonta cuando me estreso pero… Hace 3 años salió en el periódico el caso de ese hombre que había desaparecido, lo curioso es que los compañeros con quien compartía la casa, aseguran que había entrado al baño y nunca volvió a salir, sólo encontraron la ropa que usaba ese día. El caso del señor Enrico. Recordar ese evento me estremece cada uno de los poros que recubren mi cuerpo, ¿Somos el experimento de alguien?. Podemos ser los conejillos de india de un ser superior, ¿Quién nos dio el derecho de llamarnos la raza más inteligente?, tal vez por eso juegan con nosotros: por creernos superior, por pecar de osados, para enseñarnos.»

-¿Qué pudo ser ese sonido?-

-Sonaba a algún objeto metálico cayendo- Se repetía ella.

Rápidamente su mente comenzó a dibujar la imagen de cuchillos cayendo, danzando en contra de la gravedad, siendo títeres de lo inevitable, rozando sus metales el uno con el otro como si estuvieran dándose un beso mientras caían y emitían ese brutal gemido. Su mente era poética y de cierta forma le incomodaba, nunca tuvo deseos de parecer una mujer sensible, esas que ella catalogaba: mujeres de cartón. Siempre quiso, ser fuerte, tosca, dura… aunque en su naturaleza se encontraba impreso el sello de lo intangible, de lo sentimental, este se veía reflejado en su amor hacia el arte. Creía que los grandes secretos de la vida se encuentran escondidos en lo más profundo del inconsciente de los seres humanos, en la zona inexplorada del cerebro, en los sentimientos… Los pensamientos son elaborados, pero los sentimientos florecen de forma imperceptible y sin aprobación nuestra.

Dejó de hundirse en trivialidades y comenzó a enfocarse en lo que por orden de importancia era primero: El sonido que la había estremecido. Se alejó de la puerta y comenzó a morderse las uñas, caminó hacia la cocina y decidió servirse una taza de café, pronto serían las 5 de la mañana una hora antes de lo que usualmente ella se levanta.

-Comenzaré el día un poco antes- Dijo después de lanzar un suspiro.

Con el café en la mano se sentó en la sala, su impaciencia se notaba en su cuerpo, sus pies se movían solos y los dedos jugaban con el borde de la taza como si estuvieran dibujando un circulo con sus manos. Se levantó y caminó tres pasos para adelante, llegó a su balcón y acomodó su mirada en el cielo.

-Pronto amanecerá- pensó

Era la hora exacta en que el cielo febril de la madrugada se viste de verde para luego tornarse celeste. El amanecer le fascinaba, los colores que dibuja la luz cuando atraviesa la atmósfera, la nubes… Pensó por un momento: ¿Qué sería de los seres humanos, sin un día simplemente no amaneciera? Inhalo, exhalo y tomo un sorbo de café, se río por las cosas absurdas que estaba pensando. Se volteó a ver su puerta y cerró los ojos para poder escuchar en el silencio si es que podía definir algún sonido en el departamento de su vecino, pero fue inútil; parecía un funeral, un minuto de silencio. Se apresuró a coger las tostadas que había preparado y disfrutó su desayuno mientras se ahogaba en pensamientos sobre lo que pudo haber pasado en la casa del señor 201. Se miró a ella misma comiendo, como si tuviera un espejo al frente y se perdió en sus ojos verde oscuros.

«Tengo una nueva hipótesis que recorre mis pensamientos, se basa en que cuando cumplimos cierta edad, simplemente nos desvanecemos sin dejar rastro. La muerte no es la muerte, sino el sueño previo al desvanecerse. Nadie está consciente de esto porque una vez que comienza el ritual, tenemos la costumbre de encerrar a nuestros fallecidos parientes. La dicha aparece en remotos casos, cuando la muerte nos encuentra sin la necesidad del sueño previo, lo llamaré: Teoría de la vigilance. Suponiendo el hecho de que la muerte nos observa, nos vigila, ella se encuentra al tanto de las decisiones que tomemos y como sobrellevamos la vida, ella sabrá el momento adecuado en que debemos desvanecernos… una acción, una responsabilidad, algo que debíamos realizar en este mundo que sólo nosotros podíamos hacer. El sueño previo es símbolo de que se nos acabó el tiempo pero que alguien más puede cumplir esa acción que debíamos lograr para así poder encontrar la muerte.

 

Necesito de ti… No te obligo, pero necesito de ti para realizar mis planes de amor. Si tú no vienes una obra quedará sin hacerse, que tú, sólo tú, puedes realizar. Nadie puede tomar esta obra, porque cada uno tiene su parte de bien que realizar.

 

Es posible que a eso se haya referido el santo Alberto Hurtado. La muerte habrá encontrado a mi vecino, se lo habrá llevado cargando en silencio sin dejar rastro. No hay explicaciones para lo que ahora pienso solo sé que una vez que comience a realizar este viaje intrépido, mi pensamiento no será el mismo, tal vez ese es mi destino: Estar escribiendo este diario, estas palabras, para que alguien en algún futuro cuando encuentre mi ropa sin mi cuerpo desvanecido, sepa lo que pasó; tal vez soy la escriba elegida para que la verdad quede acentuada en un papel. Si esto es del todo cierto, una vez que termine el diario, me desvaneceré sin dejar rastro. No pretendo entender si esto es verdad o mentira.

Est enim iudices haec non scripta sed nata lex quam non didicimus accepimus legimus uerum ex natura ipsa arripuimus hausimus expressimus ad quam non docti sed facti non instituti sed imbuti sumus

“Existe, de hecho, jueces, una ley no escrita, sino innata, la cual no hemos aprendido, heredado, leído, sino que de la misma naturaleza la hemos agarrado, exprimido, apurado, ley para la que no hemos sido educados, sino hechos; y en la que no hemos sido instruidos, sino empapados.”

(Cicerón) »

Antonio Jurado Stracuzzi

@Antojurado